Sabia virtud de conocer el tiempo. In memoriam M.G.O.
Por Everest Landa
El frío corrió por mis brazos y después por todo el cuerpo, luego de que recibiera la noticia entre los pasillos de
Cómo, cincuenta y tantos años, tan activo, con tantos planes, con el futuro en los ojos, y así como así fallecido. Pero fue claro, duro, desconcertante: había muerto Manuel Gutiérrez Oropeza.
Apenas hacía un par de años había tratado de enseñarme a redactar con claridad (continúo en el intento), la pirámide invertida y lo frío de la nota periodística; tal y como llegó su deceso.
En el aula se descubrió como el profesor experimentado, con tacto, anecdótico, ilustrativo, paciente, puntual. Pero puntual como los dos puntos o los tres sucesivos. Se mostró como siempre lo hacia con sus alumnos: con la vena periodística, con las canas de la calle, con la poesía antes de terminar la clase.
Entré al salón de clases sin saber quién era, quizá otro profe. Mas pronto supe que se trataba de uno distinto, de esos con vocación. La bienvenida perfecta a la universidad en la primera clase, a la primera hora. Al poco tiempo leyó poesía en plena clase de periodismo. Realmente nunca me han gustado las declamaciones por empalagosas y desprendidas, sin embargo los versos de Alí Chumacero y otros le fluían. Fue a raíz de esto que me acerqué a él (como muchos otros lo habían hecho ya) y le ofrecí unos poemas a crítica, a lo que accedió con entusiasmo, “por favor, maestro, mándamelos a mi correo” (como ya le había dicho a muchos otros).
Meses después llevé mi guitarra. Advertí su inquietud en cuanto entró al salón. Durante la clase se le notaba la inquietud que después no aguantó al preguntar de quién era la guitarra, contesté que era mía. Me invitó a tocarla y a cantar algo. Lo hice. Pasadas dos canciones me pidió que le acompañara tiempo. Antes de cantarla nos contó el nacimiento del poema y su evolución a canción, hasta hicimos el ejercicio de intentar un poema con el titulo de la canción, ninguno lo logramos. Aclaró garganta y la cantó. Bohemia en plena clase, que sabroso. Lo cuento con el afán de mostrar la camaradería en él, la cual afloraba, sin caer en la clase chacotera y sin contenido. Afloraba.
Continué frecuentándolo entre pasillos –mientras se dirigía casi trotando para ir al salón o al estacionamiento– o por correo electrónico. Revisé algunas cosas que había hecho. Me di cuenta de que se trataba de un periodista recio, constante, con trabajos en tele, radio y sobre todo en prensa. Lo que me llamaba la atención era que a pesar de ser “realista” (como buen periodista), mantenía un sueño en la mirada, una esperanza en la sonrisa (cosa que no es muy común entre los periodistas). Igual si habláramos de su actitud docente, existía ese dejo en las palabras que connotaba que no todo está perdido, que se puede confiar el futuro en los estudiantes (cosa que no es muy común entre los profesores).
A resumidas cuentas, nos la pasamos girando hacia la muerte, para la muerte. Ese es nuestro latido, el más hondo, el que se percibe con estetoscopios. Le hacemos ronda a la muerte, giramos en ella, en gran espiral.
Fue un amigo; un maestro, no un profe, que se extravió en los pasillos de la Acatlán; por lo que cuentan, buen colega, de los de la vieja guardia de periodistas; un promotor cultural, acérrimo; sobre todo un soñador, de esos que no se cansan, de los que quieren seguir. Aunque me suene extraño… tan extraño que no puedo decirle adiós. Me retracto, prefiero despedirme con un: continuamos maestro Manuelez.
Comunicación de

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